Imágenes que abordan la costa peruana, territorio austero donde también florecieron culturas prehispánicas en su desierto. La cantidad de arena es proporcional al silencio que la habita, como en su contraparte que se extiende al frente: el mar. El desierto y el mar son ecosistemas complementarios que proveen la subsistencia de las especies, con la autonomía de una naturaleza que no requiere ser labrada, sino conservada. Desde el Perú antiguo, convivieron flora, fauna y humanidad adaptadas a la extrema aridez, interpretando los ciclos de la naturaleza mediante ritos de cosmovisión. El artista Jorge Eduardo Eielson escribiría: «Solo más tarde comprendería que esa misma arena —siempre hollada por la planta de mis pies y mis versos de niño— era también un inmenso lienzo tendido sobre la faz dorada de mis antepasados».
Aquella geografía plástica contiene movimiento: el del viento, el del viento que empuja al tiempo, el del tiempo que empuja a los hombres.