Europa siempre había sido para mí un repositorio del arte universal. Cuando preparé mi primer viaje, tomé la cámara Rolleiflex como parte del equipaje principal: si tenía que observar el viejo continente, sería mejor procesar la experiencia con tecnología química. Nada de apariciones inmediatas en una pantalla. Se trataría de envolver el tiempo en rollos de película.
Aterricé en el Reino Unido, que por aquel entonces no se había salido por la puerta del Brexit. La contingencia del vuelo fue que tuve como compañero de asiento a un burrier, quien murió intoxicado por la ingesta mientras dormíamos, y se armó un capítulo policial tras nuestro aterrizaje de emergencia en Londres. Temí la suerte de ser peruano y testigo directo de la cadena del narcotráfico: me vi interrogado en los calabozos de Scotland Yard. Felizmente, luego de seis horas de retención, liberaron a todos los pasajeros y salí del aeropuerto con la suspicacia de sentirme vigilado.
Una noche, Martin me llevó por calles y casas empedradas hasta llegar al mar: “Esas luces del frente son Francia”. Una línea luminosa recordaba en el horizonte el legendario rescate naval de la Segunda Guerra. La historia europea no estaba solo depositada en los museos, como yo creía, sino que seguía vibrando en los lugares que iba conociendo.
En Venecia, abarroté un balcón con un grupo de italianos que buscaban fumar de mi puro cubano, porque latino se puede ser desde Pinar del Río hasta el Gran Canal. En España abordé un tren que me regalaba un trayecto de toros y olivares hacia Extremadura, mientras dos músicos gitanos tocaban Sabor a mí: les ofrecí la propina más agradecida del viaje. En Francia, el barman que me servía las cervezas de la primera noche dijo que me parecía a Messi. Su traductor fue un hombre de nariz colorada sentado a mi costado. Lo mismo ocurrió con el oficial de Migraciones en el aeropuerto de Heathrow: “You look like Messi”.
Todo ello es un relato invisible, no fotográfico. Las historias cotidianas de aquel viaje subyacen a la fotografía —y viceversa—, permeadas por la emoción del primer encuentro con el continente que también contiene a mi familia y amigos.
Sandro Aguilar